17.9.07

Otra vez en el instituto.


Entre test y test de examen para sacarme de una santa vez el jodío carné, y después de la sobrada del otro día (la definición de ciencia ficción, a la que todavía le quedan unas cuantas horas de olla para estar bien cocida, a pesar de mi jactancia), encuentro un hueco, antes de irme a dormir, para contaros que vuelvo a estudiar.

Es un ciclo técnico de grado superior que llevaba mucho tiempo esperando. Por fin voy a poder formarme como es debido en el campo de la producción y el diseño editorial. El próximo jueves es la presentación del curso.

Es un paso, creo yo, necesario para seguir en el sector de artes gráficas (que siempre ha sido mi vocación) pero ganando algo más y sin deslomarme en tareas de peón de imprenta como alzar libros, doblar folletos a mano, cargar papel como una mula, revelar planchas en un barreño y demás mierdas que un maquinista no debería tener que hacer (por cierto que eso está tipificado como maltrato laboral). Que me den por culo vale, pero con vaselina Gal. Este ciclo me permitirá salir de la economía sumergida en la que siempre he desempeñado mis labores en preimpresión, al no poder acreditar legalmente mis conocimientos.

No voy a hacerlo en un gran centro politécnico especializado en formación profesional, como debería haber en todas las ciudades, sino en un instituto de educación secundaria. La verdad es que no sé por qué narices tienen que impartirse estos ciclos en institutos de educación secundaria, pero bueno. Si el (antiguo) politécnico no ofrece esa opción, qué remedio...

Antes de seguir, tengo que confesaros que tengo un historial de fracaso académico espectacular. Es así por diferentes razones que se pueden resumir en una: rebeldía. No me salía de los cojones hacer algo si no me apetecía. El caso es que hoy sigo siendo más o menos igual. Es mi principal defecto.

Cuando terminé el bachillerato, estaba empezando a madurar (todavía no he terminado, pero eso es otra historia). En fin voy a decirlo más claramente: era el «abuelo», el alumno más viejo del instituto. Recuerdo a una chica preciosa de mi clase que había nacido el mismo día que yo, el 13 de diciembre, pero tres años después. Figuraos el panorama.

Aunque seguía siendo igual de vago y hedonista, llevaba años de ventaja a mis compañeros en todo. La diferencia de mentalidad era ya brutal.

Para colmo, de alguna manera se debieron de filtrar historias de mi oscuro pasado en Gijón. Cuando digo "oscuro" quiero decir exactamente eso. El año anterior había despertado de una especie de sueño malsano del que, francamente, no recuerdo gran cosa. Una nebulosa de seis años de duración repleta de libros, comics, alcohol, sexo, drogas y rock’n’roll. Ah, y violencia. Casi se me olvida.

Entre eso y la pinta de “destroyer” que tenía, los chavales me tenían más pánico que otra cosa. Ya era un hombre hecho y derecho, con barba y todo. Hasta fumaba en pipa. Era demasiado raro, no sabían cómo reaccionar al verme. No se me podía confundir con un profesor, pero tampoco era uno de ellos. Me tomaba los cafés con los profesores; la conversación con la mayoría de mis compañeros (excepto con las chicas; las mujeres maduran antes, ya se sabe) se me hacía muy cuesta arriba.

Años después, en la Universidad, recaí. No me dediqué a la mala vida precisamente, sino todo lo contrario. Era otra manera de joder la marrana, eso es todo. Luego hice la mili (en La Legión, como muchos sabéis) y ahí se produjo mi segundo enderezamiento. Pero no quedé recto aún. Luego la cagué al matricularme en Filosofía por la UNED. Sin tutores, sin ningún apoyo de la Universidad, estaba abandonado a mis propios recursos. Juro que lo intenté, pero era demasiado para mí. Y luego volví a cagarla con la formación profesional; como mis padres me veían siempre con el ordenador, decidieron que valía para ser informático. ¿Yo programando en C? Venga ya...

Entonces, estudiando Sistemas, con «veintimuchos» años, ya tuve más de un problema de convivencia con los niñatos-de-mierda, esa puta plaga que infecta patios y pasillos de todo instituto que se precie, tocando los cojones a la gente que va allí a enseñar y a aprender. No quiero ni pensar en lo que puede ser ahora, con «treintaytantos».

Mi profe de Redes tenía sólo un año más que yo. Ahora es bastante probable que tenga algún profesor o profesora más joven. Ya veremos cómo me va con ellos, pero intuyo que la cosa irá bien, por mi experiencia anterior. La edad es un grado.

Pero eso de volver a un instituto, rodeado de chiquillos descerebrados y chiquillas alocadas... Debo reconocerlo: me intranquiliza.

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