Fantasía y lotofagia... o cómo confundir "ocio" con "opio".
Hace tiempo, en respuesta a un artículo del historiador Felipe Fernández-Armesto, hice un encendido elogio de la fantasía. Empleando mi mejor tono exaltado y mi famosa habilidad demagógica, di gracias a la humanidad por haberla creado. Para Fernández-Armesto, la fantasía es «el opio del ignorante y el indolente», algo pernicioso (aunque, paradójicamente, confiesa disfrutar de sus placeres). Para mí, la fantasía es un alivio maravilloso por el que hay que dar gracias.
Fernández-Armesto: «El realismo es definitivamente interesante: por ello la observación social es la base de todos los mejores libros del mundo. Cuando existe tanta realidad a nuestro alrededor, es dificil de entender por qué las audiencias se inclinan por la fantasía.»
Mallart: «Es muy fácil interesarse por la realidad cuando ocupas una cátedra en Londres; estás realizado, apenas alienado (tan poco que ni te das cuenta... y si llegas a percibirlo te encoges de hombros y piensas: otros están peor; que me quiten lo bailao, quizá recordando la última novela realista que leíste), trabajando en algo que te gusta. Pero para muchísima gente la realidad es una mierda.
»Hay que ser masoquista para sobrellevar una vida difícil, llena de sinsabores, de desagradables encontronazos con esa realidad que tanto interés despierta en Fernandez-Armesto, y salir a buscar otra dosis en tu escaso tiempo de ocio. El realismo es para la elite acomodada, que puede observar la triste y cruda realidad desde la barrera, sin padecerla, sin que le salpique.
Yo creo que es fácil de entender. Existe un deseo creciente de evadirse de una realidad desagradable. Siempre ha estado ahí, pero en tiempos de crisis (como los actuales), lógicamente, la necesidad aumenta. Tal vez si algunos se dedicaran a mejorar el presente en vez de analizar tan minuciosamente el pasado, ese deseo de evasión no fuese tan acuciante.
La población lectora no es ajena a esto, evidentemente.
El siglo XIX vio nacer la literatura fantástica moderna. El fantástico encontró sus primeros éxitos en las capas altas de la sociedad, la aristocracia y la rica burguesía industrial, atrapados por el romanticismo. Para ellos, la realidad era demasiado fea como para molestarse en prestarle atención durante demasiado tiempo. Pero, a nivel popular, el XIX fue el siglo del realismo. Sin televisión ni cine, las masas leían (mucho más que ahora, desde luego) y empezaban a interesarse por su clase, ya que nadie más lo hacía. Leían historias en las que autores como Zola, Hugo, Dickens o Balzac retrataban las penurias que ellos mismos podían experimentar. Quizá fuese una forma de consuelo ver que otros lo pasaban igual o peor. Quizá fuese una forma de conocerse y adquirir conciencia de clase, que falta les hacía en las condiciones en que se hallaban.
Hoy, la gente bien se interesa por la fea realidad, por los desfavorecidos... ¡Qué guay!... Siempre que no haya que mancharse ni tratar directamente con ellos, claro. (Recomiendo la lectura de El camino de Wigan Pier, de George Orwell; la cosa no ha cambiado tanto como pueda parecer.)
En cuanto a las masas de gente pobre, en su inmensa mayoría, ya no leen. Han encontrado otros entretenimientos, especialmente en la televisión.
Precisamente ahí es donde debería apuntar Fernández-Armestos con su dedito acusador. La tele, con su telebasura; eso es verdaderamente el opio del ignorante y del indolente: Aquí hay tomate, ¿Dónde estás, corazón?, Salsa rosa, los programas de comadreo, los culebrones lobotomizantes. ¡No Tolkien! ¡Ni Julio Cortázar! Y aquí no se me caen los anillos por generalizar como lo hizo, tan bastamente, Fernández-Armesto.

5 Réplicas:
Hola Juan. Como es habitual estás sembrado. Y no creo que en tu razonamiento haya más demagogia de la necesaria.
Comentarte que a raiz de tus palabras me vino a la cabeza otro argumento en defensa del fantástico que he dejado escrito en
http://elrincondenacho.blogspot.com/2005/09/una-razn-para-leer-literatura.html
22:47
Hola, es la primera vez que entro en tu blog. No sé si me recuerdas pero nos conocimos cuando la tertulia de Asturias se fue para Santander.
Me ha gustado este comentario y no te falta razón. Voy andar por aquí de vez en cuando.
Un saludo :D
21:12
Nacho: Demagogia, siempre hay algo de eso en mis escritos de opinión pero donde verdaderamente me pasé (y a eso me refería) fue en el comentario original en Usenet. Tela marinera. :-))
Gracias por tu comentario; haré una réplica a tu entrada lo más pronto que pueda.
De momento, te diré que en realidad esta entrada está pensada para preparar el terreno a otra que titularé "Tiempo de cambios" o algo parecido y que ya tengo medio escrita, tratando precisamente ese tema que pides.
Y no estoy de acuerdo con Fran. :-))
22:26
Aina: ¡Hola!, claro que me acuerdo; estabas sentada a la derecha de Rudy en la cena, ¿no?, cerca de mi posición.
Una noche memorable, aunque me costó "arrancar el motor" más de lo normal.
Tengo que parar con más detenimiento en tu "blog", por cierto; lo he visitado unas cuantas veces desde "Onanismo Naranja" y me gusta, pero lo leo todo en diagonal y así no puede ser.
A ver si el año que viene voy a la Asturcon, que ya me vale... Con lo que echo de menos Gijón, además.
22:36
Juan, yo tampoco estoy de acuerdo con él, pero te has adelantado con tu respuesta. Y lo has hecho mucho mejor de lo que yo podría.
Al igual que hay una novela histórica de evasión (p.e. las intrigas de Lindsay Davis), hay otra que es Gran Literatura (una canónica es "Memorias de Adriano"). Y todas son históricas, se ponen en la misma estantería e, incluso, se pueden llegar a disfrutar. De diferente manera, claro ;)
21:38
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