6.8.05

Mi poesía (I)

Empecé a escribir poesía a los 17 años, en 1988, fuertemente influenciado por la obra de Jim Morrison (sí, el cantante de The Doors), concretamente por Los señores: Notas sobre la visión y Las nuevas criaturas --aparte de sus canciones, claro--. La mayoría de los pocos poemas salvables de esa primera etapa mía son “morrisonianos”; entre 1989 y 1991 escribí unos doscientos, casi todos infumables; en el 90% de los casos la palabra “poema” no les cuadraba más que como descripción aproximada. Pero estaba aprendiendo. Algunos han sobrevivido a la quema, como el de los eritrocitos escarlatas que tantas veces he recitado, y otros los reelaboré años más tarde durante un periodo de sequía creativa.

Luego, entre 1992 y 1994, tuve una etapa de lenta maduración en la que fui puliendo mi estilo y olvidándome poco a poco de Jim Morrison. Los engendrillos que escribía antes fueron creciendo y convirtiéndose en poemas. Poemas malos casi todos, pero al menos merecían la denominación.

A finales de 1994 fui a Fuerteventura a hacer la “mili”. Tenía mucho tiempo libre y en Puerto del Rosario no había gran cosa que hacer. Pasé largas horas oyendo gemir al huracán y ladrar los perros en la biblioteca, sorprendentemente bien surtida de poesía (para ser un Tercio de La Legión). Hice lo que antes no me había atrevido a hacer: leer poesía.

No lo había hecho antes por miedo a las influencias. Ya había pasado por Jim Morrison y Dámaso Alonso (que me afectó profundamente en 1993, cuando leí por casualidad su perfecto Insomnio en el diario “El País” --esa misma tarde fui corriendo a comprar el libro, Hijos de la ira--) y no quería “contaminarme” otra vez. Aunque teñido aún por cierta cursilería, yo tenía ya (después de tres años de escribir sin descanso, cada vez un poquito mejor) un cierto estilo, y era mi estilo (bueno, y de Dámaso Alonso). Pero en el Tercio se aburría uno tanto...

Primero me leí todo lo que tenían de terror y ciencia ficción (sobre todo terror), luego las novelas policiacas, luego las eróticas, luego a Mark Twain (maravilloso) y por fin tuve que recurrir a lo poco que ofrecía la librería local, que en poco tiempo se quedó en nada. No tuve más remedio que ponerme a leer poesía. :-))

Empecé por el Canto a mí mismo de Walt Whitman en la maravillosa versión de León Felipe. ¡Buen comienzo! A los pocos días escribí un par de poemas “whitmanianos”. :-)) Luego leí una antología de poesía española y al poco tiempo me vi escribiendo poemas “machadianos”, “juanramonianos” (de la etapa de su viaje a Nueva York), etc. Yo me daba perfecta cuenta de ello, pero no podía evitarlo, sólo lamentarme pensando: «¡Lo sabía!, ¡sabía que me iba a pasar!» Pero la verdad es que los poemillas no eran demasiado malos... En fin, decidí tomarme un descanso literario y me puse a dibujar. En lo que me quedó de “mili” sólo escribí dos poemas más, uno romántico, por encargo de tres cabos a cambio de un cartón de Marlboro (el poema salió en La Gramola de M80 Radio), y otro, por amistad, a un compañero torero que tuvo que irse del Tercio un poco antes de lo normal para hacer una gira por Sudamérica (el tudelano Alfredo de la Ribera, una de las mejores personas que he conocido).

Cuando me pareció que ya había asimilado como es debido todas mis vivencias y lecturas de La Legión, volví a escribir. Fue mi segunda etapa, que podríamos llamar “de transición”. Muchos de esos poemas (1995, por ejemplo, y los que llevan nombre de mujer) están en mi antigua web y todavía hay dos o tres que no me disgustan demasiado. :-))

La aparición de tres colecciones de libritos ultrabaratos al mismo tiempo (Alianza 100, Mitos Poesía --de Alfaguara-- y Colección Poesía --de Plaza & Janés--, a 100, 350 y 395 pesetas) volvió a despertarme el apetito lector. Leí a Neruda, a Bukowski, a Ginsberg, a Ezra Pound, a Gil de Biedma, a Pere Gimferrer, a Oscar Wilde (impresionante La balada de la cárcel de Reading, que ya había leído en la mili) y, finalmente... a Jim Morrison (Una plegaria americana). :-)) Se cerró el círculo, lo absorbí todo como una esponja, sin mancharme, lo digerí todo y empecé a soltar lo mejor de mi poesía; era mía, y a veces era buena.

Hoy, de todos aquellos poemas y poemastros, salvaría poco más de diez. Me he vuelto muy exigente a medida que me acercaba a mi acmé. :-))

Los colgaré aquí en mi próximo envío (tengo que seleccionarlos). Espero que os gusten.